Hoy en día, quien se levanta temprano por la mañana puede encender la televisión para informarse rápidamente sobre lo que pasa en el mundo entero. En un canal encontrará a tres señoras extrañamente ataviadas, saltando y riendo mientras le dicen el futuro según los astros, las runas y los péndulos. Para completar esta útil información, puede cambiar el canal y encontrará otras tres damas, algo mejor vestidas, pero que hacen lo mismo que las anteriores. Si sintoniza Globovisión para obtener una imagen más formal de lo que acontece, recibirá un útil consejo de Mingo: “¿No puede usted dormir, o duerme demasiado? ¿Se siente cansado, triste, angustiado, sin esperanzas en el futuro? ¡Tome dos tabletas diarias de Kira de Pharmaton!”
Camino al trabajo, la radio de su carro estará llena de mensajes de este tipo. Si toma el Metrobús, podrá leer su horóscopo en la pantalla electrónica; si se pierde un fragmento podrá leerlo mientras hace la cola en el banco, en otra pantalla electrónica. Por la tarde, si va a la farmacia, le será difícil encontrar medicamentos entre las interminables hileras de llamativos frascos llenos de color, que van de la “Centella Asiática” al “Rus-Olympic”.
Ya de regreso en casa, puede hojear la prensa. Entre reportajes sobre extraterrestres que ya han secuestrado al diez por ciento de la población norteamericana, o sobre la última estatua que manó aceite, quizá encuentre el aviso de alguien que puede ayudarlo a mejorar su salud física, sicológica y económica con un buen Feng Shui o, quizá, un lavado y planchado del aura. En la madrugada, gracias a los infomerciales, compre por teléfono (tenga su tarjeta a la mano) un talismán original, garantizado por el fabricante.
Si le pica el gusanito de la duda y tiene la suerte de pertenecer al creciente club de los cibernautas, visite la página web del Colegio de Médicos del Distrito Metropolitano de Caracas. Pero no sea tan ingenuo como para esperar que tan ilustre cuerpo gremial lo saque de su incertidumbre sobre la validez de estos productos o terapias; lo que sí va a encontrar es una plétora de información astrológica: cmdmc.trompo.com.
A dos siglos y medio de la Ilustración, ¿qué hemos hecho? A cien años de que Einstein descubriera de nuevo el Universo, ¿qué nos pasa? A más de treinta años de haber llegado a la Luna, ¿dónde estamos?
Hemos sido colonizados. Mentalmente colonizados. Lo llaman Nueva Era, pero es la vieja. Estábamos insatisfechos con el mundo moderno, porque no nos hizo felices. Entonces optamos por regresar a la superstición pre-moderna. Sin embargo, como nos siguen gustando la tecnología y la satisfacción instantánea, buscamos la pastilla que nos quite la tristeza, o el aparato “magnético” que mida la energía de la casa y la reoriente.
Lo llaman esquizofrenia.
Todo esto, se dice, es síntoma de una “época de transición”. Pero esa frase está tan gastada que carece de significado: el mundo está en continua crisis y permanente transición desde hace, al menos, quinientos años. De lo que se trata, creo, es de falta de valentía intelectual: se nos cayeron todos los mitos y las utopías, y nos asusta descubrir que el futuro está abierto, que es más impredecible que nunca. Que nos pertenece, que lo hacemos o deshacemos cada día.
En lugar de alborozarnos, esa perspectiva nos atemoriza. No nos gusta semejante responsabilidad. Con el siglo XX acabó la adolescencia; le tememos a la edad adulta. Queremos seguir escuchando cuentos infantiles.
El gremio de los comunicadores sociales ha caído en la trampa de la Nueva Era, del así llamado “posmodernismo”: hay que tener “mente abierta”, se dice. En otras palabras, hay que aceptarlo todo sin filtro, de manera acrítica, para empacarlo y difundirlo. Pronto surgirá quien asegure que todas las noches vuela sobre Nueva York un dragón, el padre de todos los chupacabras, que proviene de otro sistema solar. Algunos colegas reseñarán el texto, entrevistarán al autor. No se sorprendan si el Ateneo de Caracas lo invita al país para dictar una conferencia a sala llena (¿no ha habido cursos enteros sobre milagros y “ángeles de la guarda”?) Quizá en este mismo lugar se consiga el libro, y la noción del dragón nocturno irá pasando de los tabloides al mainstream. Incluso la gente ilustrada expresará una esnobista “mente abierta”: “de que vuelan, vuelan”; pues hoy en día manifestar en forma rotunda que no se cree en tales cosas es extravagante, vergonzoso, y hasta sospechoso: quizá uno está involucrado en esas conspiraciones de la CIA, el FBI o la NASA, que se empeñan en ocultar “la verdad que está ahí afuera”.
De lo que se trata, muchas veces, es de complacer al público, confirmar sus prejuicios, reforzar sus mitos. Además de que eso vende, es “cool”, “trendy”, y sobre todo, “light”. ¿Cuántos colegas no han rellenado espacios con esos temas?
El asunto es más serio de lo que parece. La estafa intelectual es más dañina que la económica. En sociedades en que todos tienen derecho al voto, no es cosa de risa que la mayoría de la gente crea que el futuro depende de las posiciones aparentes de los astros, o que se puede hablar con los muertos por televisión. No se puede vivir en el siglo XXI con la mentalidad del XII, y sobrevivir al intento.
La Humanidad se encara a uno de sus retos más grandes: tiene que decidir si posee la valentía de aceptar de una vez por todas que el mundo es como es –en otras palabras, como la ciencia nos lo va revelando–, o refugiarse en mitos ancestrales o de nuevo cuño, creando así una sociedad más y más disfuncional.
Lo que nos hace falta es pensamiento crítico, un sano escepticismo, un poco... o mejor, un mucho de sobriedad y honestidad intelectual. Aparte de la eterna discusión académica sobre si sus “efectos” existen o no, mucho de ello depende de los medios de comunicación. ¿Lo entenderemos a tiempo?


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