En abril de 1999, mientras realizaba una gira de conferencias sobre mi libro Why People Believe Weird Things (“Por qué la gente cree cosas raras”), el sicólogo Robert Sternberg asistió a mi presentación en la Universidad de Yale. Su respuesta a mi charla fue a la vez iluminadora y perturbadora. Es ciertamente entretenido escuchar sobre las creencias extrañas de otras personas, reflexionaba Sternberg, porque confiamos en que nosotros nunca seríamos tan tontos, pero ¿por qué la gente inteligente cae en semejantes cosas?
El desafío de Sternberg motivó una segunda edición de mi libro, con un nuevo capítulo que expone mi respuesta a su pregunta: la gente lista cree cosas raras, porque es hábil en defender creencias a las que ha llegado por razones tontas.
En muy pocos casos alguno de nosotros se sienta frente a una serie de hechos, sopesa sus pro y contra y escoge la explicación más lógica y racional, sin importar qué pensábamos antes al respecto. La mayoría de nosotros, la mayor parte del tiempo, llegamos a nuestras creencias por una variedad de razones que tienen poco que ver con la evidencia empírica y el razonamiento lógico. En lugar de ello, variables como predisposición genética, predilección de los padres, influencia de los hermanos, presión de los compañeros, experiencias educativas y de la vida, dan forma a propensiones personales que, junto a numerosas influencias sociales y culturales, nos llevan a nuestras creencias. Entonces revisamos los datos, y seleccionamos aquellos que confirman mejor lo que ya creemos, e ignoramos o racionalizamos los que no lo hacen.
Este fenómeno, denominado sesgo de confirmación, ayuda a explicar los hallazgos publicados en el reporte bianual de la Fundación Nacional de Ciencias de los Estados Unidos (abril de 2002) sobre el estado de la comprensión de la ciencia: el 30 por ciento de los adultos estadounidenses cree que los OVNIS son vehículos espaciales de otras civilizaciones; el 60 por ciento cree en la percepción extrasensorial; un 40 por ciento piensa que la astrología es científica; 32 por ciento cree en números de la suerte; 70 por ciento acepta la “terapia magnética” como científica; y 88 por ciento acepta la medicina “alternativa”.
La educación, en sí misma, no es un antídoto para la creencia en lo paranormal. Aunque la que se refiere a la percepción extrasensorial decrece de un 65 por ciento entre graduados de bachillerato a 60 por ciento entre los egresados universitarios, y la fe en la “terapia magnética” cae de 71% a 55% respectivamente, ¡esto aún deja a más de la mitad que endosan tales creencias! Y en cuanto a la medicina “alternativa”, los porcentajes de hecho se incrementan de 89% en los bachilleres a 92% entre los profesionales.
Podemos hallar una causa más profunda de este problema en otra estadística: 70 por ciento de los norteamericanos aún no entienden el proceso científico, definido en el estudio como comprender la probabilidad, el método experimental y la prueba de hipótesis. Una solución para esto es más y mejor educación en ciencia, como lo indica el hecho de que 53 por ciento de los estadounidenses con un alto nivel de educación científica (nueve o más años de cursos de ciencia o matemática en bachillerato y universidad) entiende el proceso científico, comparado con 38% entre los que tienen una educación científica de nivel medio (seis a ocho años de esos cursos) y 17% en los de bajo nivel (cinco o menos cursos).
La clave aquí es enseñar cómo opera la ciencia, y no solo qué se ha descubierto con ella. Recientemente publicamos un artículo en la revista Skeptic (Vol. 9, Nº 3) que revela los resultados de un estudio que no halló correlación entre conocimiento científico (hechos acerca del mundo) y creencias paranormales. Los autores, W. Richard Walker, Steven J. Hoekstra y Rodney J. Vogl, concluyen: “Los estudiantes que salieron bien en esas pruebas [de conocimiento científico] no eran ni más ni menos escépticos sobre afirmaciones seudocientíficas que los que salieron muy mal. Aparentemente, los alumnos no eran capaces de aplicar su conocimiento científico para evaluar esas afirmaciones. Sugerimos que esta inhabilidad nace en parte de la forma en que la ciencia es tradicionalmente presentada a los estudiantes: se les enseña qué pensar, pero no cómo pensar”.
Para mejorar estas estadísticas, debemos enseñar que la ciencia no es una base de datos inconexos, sino un grupo de métodos diseñados para describir e interpretar fenómenos, pasados o presentes, y dirigida a construir un cuerpo de conocimiento debatible, abierto a refutación o confirmación.
Para quienes carecen de una comprensión fundamental de cómo trabaja la ciencia, el canto de sirena de la seudociencia es demasiado seductor para resistirlo, no importa cuán listo sea usted.


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