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La autobiografía no es un género de arquitectura evidente. La siguiente narración, aunque espuria, es enteramente posible: “Me llamo Albert Einstein y anoche se me ocurrió una idea importante mientras me lavaba los dientes. Podría sintetizarla de la siguiente manera: e = mc2”.
Dicho de otro modo, lo importante no siempre es interesante. Existe el prejuicio de que las únicas vidas que vale la pena vivir son las interesantes, pero al explorar un poco la idea resulta evidente que no hay tal paradigma. Piénsese: sin duda es interesante sobrevivir en medio de la selva cuando se cae el avión en el que viajábamos, sin duda es interesante casarse con un(a) neurótico(a) famoso(a) que nos tortura y nos confunde con sus excentricidades, sin duda es interesante irse de polizonte en un avión de carga y llegar hasta Estocolmo en pleno invierno, pero aquí nos atreveríamos a afirmar que todas las anteriores perspectivas son indeseables, a menos que uno sea masoquista, una característica también interesante aunque, de por sí, igualmente indeseable. Quizá el dilema se solucione diciendo que lo mejor es vivir una vida no necesariamente interesante pero de una manera interesante. Claro, si algo de veras tenaz nos cae en suerte, pues a escribirlo, que alguna catarsis ofrecen los libros de amor y dolor y, por si acaso, siempre hay editores incautos con la chequera lista.

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