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Millonarios dorados
Kenneth Rogoff *
Hay quien gana 9.000 dólares por minuto, pero la idea de que los ultrarricos podrían solucionar con facilidad la pobreza es tremendamente ingenua.
Cambridge. Últimamente he estado intentando explicarle a mi hijo Gabriel, de once años, las diferencias astronómicas en los ingresos de las personas.Bill Gates, fundador de Microsoft, entró en la conciencia de Gabriel hace un par de años, cuando su padre hizo las veces de acto preparatorio para la aparición de Gates en una gran conferencia auspiciada por el gobierno danés. Desde entonces, Gabriel ha estado fascinado por las aparentemente infinitas posibilidades de poseer 60 mil millones de dólares.
Siempre que le digo que algo es increíblemente valioso (digamos, una pintura en un museo) dice invariablemente: "Pero Bill Gates podría comprarlo, ¿no es verdad?". Sí, Gates podría comprar el museo entero. Pero entonces simplemente lo devolvería para que todos pudieran ver las obras que contiene, así es que no tiene sentido. Gabriel no queda del todo convencido.
Gabriel ha decidido que si no puede convertirse en un jugador profesional de básquetbol cuando sea grande, querrá entonces comprar un equipo. Como profesor de economía que soy, no puedo evitar preguntarle si sabe que comprar un equipo de la Asociación de Básquetbol cuesta entre 300 y 500 millones de dólares. "Pero Bill Gates podría hacerlo, podría comprar todos los equipos de la liga. ¿No es cierto?". Sí, digo. Pero si Bill Gates fuera el dueño de toda la NBA, ¿cómo decidiríamos qué equipo apoyar? Gabriel acepta el argumento, pero nuevamente puedo ver que no está muy convencido.
Gates no es el único que puede comprar fácilmente equipos y pinturas. La último lista de Forbes de las personas más ricas de E.U. mostró que las nueve personas más acaudaladas del año pasado, entre las que se incluye el alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, lograron aumentar su riqueza entre 5 y 9 mil millones de dólares en ese periodo. Sí, ese es solo el aumento anual de su riqueza. En conjunto, sus 55 mil millones de dólares de ganancias superaron el producto nacional de más de 100 países.
Para poner estas enormes cifras en perspectiva, hice que Gabriel intentara confirmar que para estar entre las nueve personas que más dinero hacen en los Estados Unidos, habría que ganar al menos 150 dólares por segundo, incluido el tiempo dedicado a comer y dormir. Es decir, 9.000 por minuto o 540.000 por hora.
¿Cuánto dinero ganan los más acaudalados de Estados Unidos, en comparación con los mil millones de personas más pobres del mundo? Bueno, si los nueve más ricos donaran lo que ganan, sería el equivalente a tres meses de ingresos de esos mil millones. (Por supuesto, Gabriel sabe que Bill Gates y Warren Buffet han donado decenas de millones de dólares.)
En cuanto a los otros nueve meses, considerando que E.U. representa sólo 25 por ciento de los ingresos mundiales, no es inexacto suponer que en otros países existen personas muy ricas que podrían participar. (El magnate mexicano Carlos Slim sigue muy de cerca a Gates.)
Por cierto, la idea de que los ultrarricos podrían solucionar con facilidad la pobreza es tremendamente ingenua. La mayoría de los estudios académicos apoya la idea de que la mejor manera que tienen los países ricos de ayudar regiones pobres como África es abrir sus mercados y dar asistencia para crear infraestructura física e institucional.
Los mayores éxitos en la lucha contra la pobreza mundial proceden de China e India, que en gran medida han logrado ir avanzando por si mismos. Sin embargo, esto parece demasiado complicado de explicar a Gabriel por el momento. Así es que doy un paso atrás y vuelvo a la visión simplista de la estrella de rock y la ONU de lo excelente que sería donar más dinero.
¿Son las enormes diferencias en ingresos y riqueza resultado inevitable del crecimiento rápido? Sin lugar a dudas, la respuesta de la historia es "sí". China, cuyo crecimiento desde 1970 ha roto todas las marcas, va en camino de tener la distribución del ingreso más desigual del mundo. Ha superado a E.U. y se acerca a niveles latinoamericanos de desigualdad.
No es fácil crear políticas que solucionen esto. Muchos de los que más ganan también son enormemente creativos y aportan gran valor a un país. Países como Reino Unido cortejan activamente a ciudadanos extranjeros ricos, a través de un tratamiento extraordinariamente preferencial en sus rentas por inversiones. Los ultrarricos son también un grupo ultramóvil. Si ganas 540.000 dólares por hora, no toma mucho tiempo ahorrar para comprar un apartamento, incluso en Londres.
De todos modos, hay límites a cuánta presión puede aplicar el sistema político a los ultrarricos. Considérese que cualquiera de los nueve que más ganan en Estados Unidos gana más dinero en dos días que lo que reunió para su campaña la principal candidata a presidente de E.U., Hillary Clinton, en un trimestre.
En lugar de aplicar una tributación de castigo a la riqueza, la globalización da más fuerza a la idea de pasar a un impuesto único a la renta (o, mejor aún, al consumo) con una exención moderadamente alta. Aparte de los argumentos tradicionales acerca de la eficiencia, se va a hacer cada vez más difícil y costoso mantener esquemas tributarios complejos y específicos de un país.
Lamentablemente, en la mayoría de los países no hay gran prioridad en avanzar hacia una reforma tributaria fundamental. Sólo podemos esperar que la generación de nuestros hijos crezca y llegue a vivir en un mundo que equilibre mejor la eficiencia y la equidad que el actual. Gabriel dice que va a pensar sobre eso.
* Profesor de la Universidad de Harvard; ex economista
jefe del FMI
Este articulo salio hoy y es bien interesante porque nos hace pensar un poco de nosotros y lo que consideramos enfermedad, pero mas aun lo que la sociedad nos ha llevado a pensar que es una enfermedad. y llegamos a un punto importante y es en que es una enfermedad ? Según wikipedia enfermedad es un proceso y el status consecuente de afección de un ser vivo, caracterizado por una alteración de su estado ontológico de salud. Ahora bien el ser humano experimenta muchos cambios, muchas alteraciones pero son estas enfermedades? no lo son evidentemente, son procesos naturales de la vida como el envejecimiento, pero entonces como distinguimos estos procesos de una enfermedad? Lo interesante es que si vamos un poco mas alla se considera una enfermedad no solo procesos físicos sino también psicológicos por ejemplo, si se un bebedor empedernido es una enfermedad y se llama alcoholismo. Volviendo entonces a la pregunta anterior y teniendo en cuenta como marco de referencia la historia, donde muchas veces se han consideran enfermedades cosas que ahora seria absurdo llamarlas asi, como por ejemplo cuando la iglesia creía ( y de hecho alguna todavía lo hacen) que la gente que no creía en Dios estaba enferma, no damos cuenta que en realidad una enfermedad podría llegar a definirse como un comportamiento anormal de algo, es decir, un comportamiento que dista con el común del comportamiento de la gente.Y aquí llegamos al punto importante a donde quería llegar, y es que en la medida en que la enfermedad depende de una correlacion con entidades del mismo tipo( en este caso humanos) ahí reside su ambigüedad, pues depende de lo que la sociedad considere como anormal, lo cual es tema para otra discusión. Asi que por ejemplo lo que para los indios en tiempos antiguos era la inspiración y via para alcanzar la liberación espiritual de su Chamán( alucinogenos), para la sociedad actual aquello que lo consumen sufren de una enfermedad grave. A continuación esta el articulo:
Y es que de la lista de males inventados que propone hacen parte desde la disfunción eréctil hasta la menopausia.
A favor de Moynihan pueden contarse argumentos como los expuestos, hace algún tiempo, por la revista Nature. La publicación divulgó los resultados de un estudio según el cual el 70 por ciento de los grupos médicos que elaboraron guías para tratar enfermedades, tenían conexiones financieras con laboratorios.
En contra está la propia industria. Francisco de Paula Gómez, presidente ejecutivo de Afidro (que agremia a multinacionales de medicamentos del país), califica el concepto de exagerado: "Se pretende desconocer que el ser humano necesita alternativas para mejorar su calidad de vida. Si hay la posibilidad de eliminar molestias, ¿por qué no hacerlo? No es justo que alguien no se trate un cólico menstrual o un colon espástico".
Agrega que "detrás de los medicamentos hay procesos serios de investigación, que son favorables. Eso sí, hay que defender los mercados éticos. Tampoco debe permitirse que su uso no sea específico, es decir, que se induzca su consumo de manera inadecuada".
Moynihan, quien asistió al IV Encuentro Internacional de Farmacovigilancia, celebrado en Bogotá la semana pasada, habló de este tema con EL TIEMPO:
¿Qué es una enfermedad inventada?
Es transformar procesos naturales o etapas de la vida normales en algo que debe recibir medicamentos.
Por ejemplo, con la edad llega la menopausia en las mujeres, pero hoy es una enfermedad declarada y tratada con medicamentos.
¿Cómo se crean?
Existen varias formas, como ampliar el espectro de las enfermedades. Por ejemplo, si se reducen las cifras anormales de presión arterial, de un día para otro, muchas personas que un día estaban sanas amanecen convertidas en hipertensas, por lo que deben tomar medicamentos.
Otra vía es convertir los síntomas en un problema de salud, como ocurre con el colesterol: nadie se enferma del colesterol, porque es un factor de riesgo, pero lo tratan como si fuera eso, una enfermedad.
Una tercera táctica es convencer a la gente de que condiciones normales, como la menopausia o el embarazo, son patologías que hay que medicar.
¿Quiénes inventan?
La mayoría son empresas farmacéuticas y grupos de médicos que aumentan síntomas o crean dolencias. Es un negocio. Para cada droga inventan un mal. Procesos normales como el envejecimiento, el embarazo, el parto, la infelicidad o la muerte tienen un fármaco a su servicio.
Según usted, ¿qué otras enfermedades son creadas?
Entre otras están la calvicie, la timidez, la tristeza, la baja estatura, la pereza, la disfunción eréctil, la disfunción sexual femenina, el aumento de peso, la osteoporosis, la andropausia y la menopausia.
¿Qué le ve de malo a promover bienestar?
No es eso, pero ¿quién no ha tenido fatiga o cansancio, bajones de ánimo o unos gramos de más? Eso se llama vivir y no necesita tratamiento. Se induce a la gente a medicarse ante la primera sensación.
¿Quién la induce?
Es un proceso complejo y bien planeado por las corporaciones farmacéuticas, con el apoyo de algunos y publicaciones de corte científico, que luego soportan grandes campañas de publicidad. El objetivo es el lucro a través de la venta de medicamentos.
¿Cuál es el papel de los médicos?
Sin ellos no hay enfermedad: unen síntomas, recogen datos, alimentan estadísticas y producen informes (casi siempre financiados por la industria), que luego se difunden en congresos patrocinados por esas mismas drogas. Por ejemplo, en el consenso que unificó los parámetros para definir la disfunción sexual femenina en 1998, en Boston (E.U.), 18 de los 19 autores declararon tener vínculos con la industria farmacéutica.
Habla de publicaciones. Los médicos se fijan en lo que leen para tomar decisiones...
De esto no se escapan las revistas científicas prestigiosas; por ejemplo, un artículo de Jama, la revista médica más respetada en Estados Unidos, publicó en 1999 que el 43 por ciento de las mujeres, entre 18 y 59 años, padecían disfunción sexual. La cifra se volvió oficial, y con ella se dispararon los tratamientos. Los autores revelaron tardíamente que tenían relación con un laboratorio.
Parece estar en contra de los medicamentos...
Claro que no. Se trata de promover una cultura lógica y ética, que preserve la salud y no promueva la enfermedad. Hoy un niño a los 2 años, sin estar enfermo, ha sido visto por más médicos que los que han visitado en conjunto sus padres. Eso es anormal.
¿Qué soluciones plantea?
Debemos dejar de confiar en la información patrocinada por empresas farmacéuticas sobre enfermedades que tratan de catalogar la mayor cantidad de personas saludables como enfermas. Para eso se necesitan médicos justos, una comunidad informada y encontrar rápido fuentes de información independiente.
Recetas para crearlas
El periodista Jörg Blech -quien comparte la tesis de Moynihan- enumera en su libro Los inventores de enfermedades, cinco campos con los que se inventan males para ser vendidos.
Opinan desde la academia
CLAUDIA VACCA
Química farmacéutica, docente U. Nacional
Frente a estos dilemas la universidad considera que debe abrirse un debate para mejorar las condiciones de uso de medicinas, aclarar sus beneficios, proteger la salud de la gente y ahorrar costos a los sistemas sanitarios. Fuentes independientes deben generar información sobre estos temas.
RODRIGO CÓRDOBA
Aso. Colombiana de Sociedades Científicas
El manejo irregular de síntomas y la excesiva medicación, con el supuesto de llevar a estados ideales de salud no probados, es por completo cuestionable. Los médicos deben mantener una independencia plena y apartarse de prácticas que promuevan el comercio injustificado.
Se trata de procesos normales, pero...
Los años traen cambios normales al organismo, de los cuales nadie escapa. Conocerlos y adoptar estilos de vida saludables constituye (de acuerdo con una gran cantidad de evidencia) la mejor forma de enfrentar sus efectos. Otros opinan que si existen productos en el mercado que alivien los síntomas, hay que hacer uso de ellos. Estos son unos ejemplos:
Muchas enfermedades nuevas son invento de industria farmacéutica mundial para vender medicamentos
Esa es la polémica tesis expuesta por el periodista alemán Ray Moynihan, editor invitado de la prestigiosa revista British Medical Journal, en el libro 'Medicamentos que nos enferman'.
Su planteamiento ha alimentado una creciente y agria discusión que involucra a grupos de investigación, laboratorios y científicos.Y es que de la lista de males inventados que propone hacen parte desde la disfunción eréctil hasta la menopausia.
A favor de Moynihan pueden contarse argumentos como los expuestos, hace algún tiempo, por la revista Nature. La publicación divulgó los resultados de un estudio según el cual el 70 por ciento de los grupos médicos que elaboraron guías para tratar enfermedades, tenían conexiones financieras con laboratorios.
En contra está la propia industria. Francisco de Paula Gómez, presidente ejecutivo de Afidro (que agremia a multinacionales de medicamentos del país), califica el concepto de exagerado: "Se pretende desconocer que el ser humano necesita alternativas para mejorar su calidad de vida. Si hay la posibilidad de eliminar molestias, ¿por qué no hacerlo? No es justo que alguien no se trate un cólico menstrual o un colon espástico".
Agrega que "detrás de los medicamentos hay procesos serios de investigación, que son favorables. Eso sí, hay que defender los mercados éticos. Tampoco debe permitirse que su uso no sea específico, es decir, que se induzca su consumo de manera inadecuada".
Moynihan, quien asistió al IV Encuentro Internacional de Farmacovigilancia, celebrado en Bogotá la semana pasada, habló de este tema con EL TIEMPO:
¿Qué es una enfermedad inventada?
Es transformar procesos naturales o etapas de la vida normales en algo que debe recibir medicamentos.
Por ejemplo, con la edad llega la menopausia en las mujeres, pero hoy es una enfermedad declarada y tratada con medicamentos.
¿Cómo se crean?
Existen varias formas, como ampliar el espectro de las enfermedades. Por ejemplo, si se reducen las cifras anormales de presión arterial, de un día para otro, muchas personas que un día estaban sanas amanecen convertidas en hipertensas, por lo que deben tomar medicamentos.
Otra vía es convertir los síntomas en un problema de salud, como ocurre con el colesterol: nadie se enferma del colesterol, porque es un factor de riesgo, pero lo tratan como si fuera eso, una enfermedad.
Una tercera táctica es convencer a la gente de que condiciones normales, como la menopausia o el embarazo, son patologías que hay que medicar.
¿Quiénes inventan?
La mayoría son empresas farmacéuticas y grupos de médicos que aumentan síntomas o crean dolencias. Es un negocio. Para cada droga inventan un mal. Procesos normales como el envejecimiento, el embarazo, el parto, la infelicidad o la muerte tienen un fármaco a su servicio.
Según usted, ¿qué otras enfermedades son creadas?
Entre otras están la calvicie, la timidez, la tristeza, la baja estatura, la pereza, la disfunción eréctil, la disfunción sexual femenina, el aumento de peso, la osteoporosis, la andropausia y la menopausia.
¿Qué le ve de malo a promover bienestar?
No es eso, pero ¿quién no ha tenido fatiga o cansancio, bajones de ánimo o unos gramos de más? Eso se llama vivir y no necesita tratamiento. Se induce a la gente a medicarse ante la primera sensación.
¿Quién la induce?
Es un proceso complejo y bien planeado por las corporaciones farmacéuticas, con el apoyo de algunos y publicaciones de corte científico, que luego soportan grandes campañas de publicidad. El objetivo es el lucro a través de la venta de medicamentos.
¿Cuál es el papel de los médicos?
Sin ellos no hay enfermedad: unen síntomas, recogen datos, alimentan estadísticas y producen informes (casi siempre financiados por la industria), que luego se difunden en congresos patrocinados por esas mismas drogas. Por ejemplo, en el consenso que unificó los parámetros para definir la disfunción sexual femenina en 1998, en Boston (E.U.), 18 de los 19 autores declararon tener vínculos con la industria farmacéutica.
Habla de publicaciones. Los médicos se fijan en lo que leen para tomar decisiones...
De esto no se escapan las revistas científicas prestigiosas; por ejemplo, un artículo de Jama, la revista médica más respetada en Estados Unidos, publicó en 1999 que el 43 por ciento de las mujeres, entre 18 y 59 años, padecían disfunción sexual. La cifra se volvió oficial, y con ella se dispararon los tratamientos. Los autores revelaron tardíamente que tenían relación con un laboratorio.
Parece estar en contra de los medicamentos...
Claro que no. Se trata de promover una cultura lógica y ética, que preserve la salud y no promueva la enfermedad. Hoy un niño a los 2 años, sin estar enfermo, ha sido visto por más médicos que los que han visitado en conjunto sus padres. Eso es anormal.
¿Qué soluciones plantea?
Debemos dejar de confiar en la información patrocinada por empresas farmacéuticas sobre enfermedades que tratan de catalogar la mayor cantidad de personas saludables como enfermas. Para eso se necesitan médicos justos, una comunidad informada y encontrar rápido fuentes de información independiente.
Recetas para crearlas
El periodista Jörg Blech -quien comparte la tesis de Moynihan- enumera en su libro Los inventores de enfermedades, cinco campos con los que se inventan males para ser vendidos.
- Convertir un proceso normal en un problema médico: la caída del pelo.
- Difundir problemas personales y sociales como alteraciones de salud: un desánimo pasajero como depresión.
- Elevar un riesgo a enfermedad: el obsesivo control del colesterol.
- Promover síntomas poco frecuentes como epidemias: la disfunción eréctil y la disfunción sexual femenina.
- Transformar síntomas leves en señal de enfermedad grave: síndrome del colon irritable.
Opinan desde la academia
CLAUDIA VACCA
Química farmacéutica, docente U. Nacional
Frente a estos dilemas la universidad considera que debe abrirse un debate para mejorar las condiciones de uso de medicinas, aclarar sus beneficios, proteger la salud de la gente y ahorrar costos a los sistemas sanitarios. Fuentes independientes deben generar información sobre estos temas.
RODRIGO CÓRDOBA
Aso. Colombiana de Sociedades Científicas
El manejo irregular de síntomas y la excesiva medicación, con el supuesto de llevar a estados ideales de salud no probados, es por completo cuestionable. Los médicos deben mantener una independencia plena y apartarse de prácticas que promuevan el comercio injustificado.
Se trata de procesos normales, pero...
Los años traen cambios normales al organismo, de los cuales nadie escapa. Conocerlos y adoptar estilos de vida saludables constituye (de acuerdo con una gran cantidad de evidencia) la mejor forma de enfrentar sus efectos. Otros opinan que si existen productos en el mercado que alivien los síntomas, hay que hacer uso de ellos. Estos son unos ejemplos:
- Menopausia. Es un proceso normal en la vida de la mujer. Al disminuir la función de los ovarios, dejan de producir hormonas. Esto conlleva serie de cambios, como la redistribución de la grasa corporal y los cambios en la voz y en el estado de ánimo. Algunos de ellos son pasajeros. Hoy se ofrecen tantos medicamentos como síntomas aparecen para atenuar sus efectos.
- Osteoporosis. Es la disminución de la masa de los huesos. Es un proceso normal ligado a la edad adulta, sobre todo después de la menopausia. Es crónica y se cree que no tiene cura, pero sí se puede prevenir si se atacan desde temprano los factores de riesgo. Obliga a llevar una vida sana, con ejercicio moderado y alimentación rica en lácteos, pero hoy millones de mujeres están convencidas de que si no se medican se van a fracturar.
- Síndrome de colon irritable. Son percepciones comunes de desórdenes funcionales en el intestino, con distintos grados de severidad. Su manejo incluye un cambio sustancial en los estilos de vida. Se dice que con los medicamentos se deja de lado esta idea y se entra a la condición de enfermo.
- Andropausia. Algunos estudios dicen que uno de cada cinco hombres mayores de 55 años tiene andropausia. En un proceso que es normal, con la edad cae la producción de testosterona, pero esto se rotuló como enfermedad, para la cual ya hay parches, geles, inyecciones e implantes de compuestos hormonales. Dejó de ser una etapa que exige cambios de fondo en los estilos de vida para ser un montón de síntomas que hay que frenar con medicamentos.
- Alopecia. Algunos estudios determinaron que la mayoría de los hombres que perdían el pelo (proceso normal definido por la genética y las hormonas) desarrollaban problemas emocionales. A la par aparecieron los medicamentos para repoblar el cuero cabelludo que tenían que ser formulados por el médico, así que la publicidad se orientó a invitar a la gente a visitar a su doctor.
El mercado está convirtiendo a los científicos en sacerdotes
Cuando la divulgación científica abandona el mundo académico para ofrecerse el gran público, se convierte en un bien de consumo. En campos abstractos como la física cuántica o la relatividad, entender la ciencia como un producto entraña un riesgo fundamental: el consumidor puede creer fenómenos que no comprende en absoluto, en un mero acto de fe. Esta situación no sólo vulnera la esencia del espíritu científico, sino que abre la puerta a productos de escaso rigor científico. Es el riesgo de convertir a nuestros científicos en sacerdotes. Por Joan Morera Morales.
Los misterios de la naturaleza han despertado la curiosidad de los seres humanos a lo largo de los siglos. En su lucha por esclarecerlos, el hombre ha visto tambalearse una y otra vez los cimientos de su percepción del mundo. Y ese descubrimiento constante, esa eterna negación de los axiomas que parecían inmutables, probablemente sea lo más invariable de su experiencia sobre la Tierra. No ha de sorprender a nadie, pues, que la comunidad científica esté interesada en difundir los conocimientos que ha adquirido con el paso del tiempo. ¿Por qué iba a privarnos de semejantes fastuosidades intelectuales? ¿Acaso la divulgación no es el mejor camino para democratizar el conocimiento? Al fin y al cabo, la filantropía en la ciencia ya fue representada en la mitología griega mediante el mito de Prometeo. Aún así, la divulgación científica no ha de verse sólo desde un punto de vista epistemológico, también puede ser interpretada en clave económica; en este sentido, libros, películas y documentales, no son un producto como cualquier otro dentro de la sociedad de consumo. Es evidente que existe una demanda ávida de emocionarse con los hallazgos científicos. Los creativos culturales lo saben, y reaccionan tal como dicta la lógica del mercado: generando productos de divulgación para todos los públicos. El negocio está servido. Pero la conversión de algunos bienes sociales en bienes de consumo siempre comporta tanto beneficios como riesgos: la divulgación científica no es ninguna excepción. Cómo se verá en las próximas líneas, ofrecer la ciencia como producto puede convertirla en un acto de fe para el gran público. Y cuando eso suceda, el mercado habrá contravenido precisamente el espíritu científico que durante tantos siglos ha permitido avanzar al ser humano. Capacidad educativa No hay duda que en la mayoría de ocasiones la divulgación científica tiene una gran capacidad educativa. Supongamos, por ejemplo, un documental que explique el fenómeno de formación del arco iris. Es posible que los espectadores no sepamos lo que es un índice de refracción, o cómo se formula la función de onda de la luz. A pesar de ello, cuando observemos una simulación con haces lumínicos impactando sobre vapor de agua, enseguida comprenderemos los principios básicos que provocan el arco iris. Nuestro aprendizaje es debido a que no sólo hemos visto manifestarse el fenómeno, sino también las causas que lo provocan. Pero no todas las maravillas de la naturaleza fueron estudiadas a partir de su observación directa, cómo es el caso del arco iris. Hay teorías mucho menos empíricas, que en su día fueron desarrolladas bajo la luz de las matemáticas: es el caso de la física cuántica o la teoría de la relatividad. Unos campos de investigación que, precisamente por desarrollarse en el plano de lo abstracto, nos han permitido contradecir “evidencias” que nuestros ojos ven a diario. Y por ese mismo motivo, por ser teorías abstractas, ponen muchos más escollos al trabajo del divulgador. Imaginemos ahora un documental que nos acerque a los fundamentos de la física cuántica. Probablemente nos dirá que las partículas fundamentales están simultáneamente en múltiples posiciones, de modo que ocupan una de ellas sólo cuando un observador trate de ubicarla. Incluso puede que ilustre el fenómeno mediante una animación de cuanto sucede a nivel subatómico, con múltiples partículas apareciendo y desapareciendo constantemente de la imagen... Pues bien, esta reproducción nos ayudará a imaginar vagamente el fenómeno, a hacernos una idea de lo que sucede, pero de ningún modo podemos pretender que nos está dando a comprender las causas. Eso sólo es posible mediante las matemáticas. Lo mismo sucedería con un tercer documental, que nos quisiera explicar la teoría de la relatividad. En este se afirmaría que, a velocidades próximas a la de la luz, el espacio se dilata y el tiempo se contrae. ¿Inverosímil, no? Seguro que todos gozaríamos mucho con las explicaciones. Sin embargo, ¿comprenderíamos algo por el hecho de ver objetos que se hacen pequeños? ¿Entenderíamos la relatividad si nos mostraran relojes que avanzan a distintas velocidades? No, claro que no. El ejemplo del Arco Iris La comprensión total de un fenómeno pasa indefectiblemente por identificar aquellas causas que lo producen. En el ejemplo del arco iris, observar la trayectoria de los haces de luz permitía comprender por qué se separan los colores; en el ejemplo cuántico, ver partículas que aparecen y desaparecen no explica de ningún modo por qué tienen una posición indeterminada. En el primer caso, la visualización del fenómeno nos permite explicar sus causas; en el segundo, no. A pesar de ello, productores y creativos insisten en pedir a los científicos que expliquen las teorías más complejas del modo más llano posible. Ahí es nada! Poco importa que los destinatarios no tengamos los conocimientos necesarios para comprender dichas teorías; da igual si no sabemos lo que es una función de onda, si jamás nos hablaron de cuadrivectores o si nunca hicimos operaciones con brakets... Lo paradójico del caso es que nuestra falta de preparación no impide que nos impresionemos enormemente ante los documentales que tratan de física cuántica. Y ahí es donde surge la siguiente pregunta: ¿cómo pueden fascinarnos tanto unas teorías que no comprendemos? La respuesta es que no nos fascina la teoría, sino únicamente sus conclusiones y hallazgos. Porque lo único que se puede exponer de un modo llano sobre física cuántica, son sus conclusiones –en los documentales no hay lugar para las ecuaciones que permitieron llegar a ellas. Si un reputado físico nos dice que la masa de un cuerpo se incrementa al aumentar la velocidad de éste, nosotros le creemos. Y le creemos porque confiamos en él, porque hemos decidido otorgarle legitimidad. Se produce un acuerdo tácito, por el cual el sabio nos ahorra las complicadas demostraciones matemáticas, y nosotros le creemos en un acto de fe. Escalada matemática Algo parecido sucedería en el caso de un alpinista que hubiera escalado la cima del Everest. Una vez descendido, describiría detalladamente a sus conocidos cómo es el lugar, sus colores, su olor, la sensación de altitud, etc... Por supuesto que podría mentirles con cierta facilidad, e incluso, con el paso del tiempo, podría confundirse en los detalles. Aún así, los demás creerán en él, ellos también harán un acto de fe. Y lo harán porque, de hecho, tendrían que escalar el mismísimo Everest para cerciorar sus palabras. Es poco más o menos lo que haría falta para que nosotros comprendiéramos la física cuántica: tendríamos que escalar la montaña de matemáticas que en su día subieron Heisenberg o Schrödinger. Lo dicho hasta ahora no tiene porqué ir en detrimento de los beneficios que conlleva la divulgación científica; nunca debemos olvidar que ésta funciona como un mecanismo práctico y efectivo. ¿O acaso alguien espera que todos nos pongamos a estudiar matemáticas en nuestros ratos libres? No... Nuestra ignorancia en cada materia no es motivo para privarnos de la fascinación por la ciencia. Por supuesto que no. Que la ciencia se convierta en un producto no debe escandalizar a nadie. De hecho, y sin ir demasiado lejos, la tecnología se encuentra en el epicentro de la sociedad de consumo desde hace siglos –incluso la formación, con su mercado de carísimos masters y postgrados, dejó de ser una inversión para convertirse también en un producto. Sin embargo, aún aceptando las virtudes de la divulgación científica como un bien de consumo, debemos ser concientes de que cuando versa sobre las teorías más abstractas, en realidad no nos está demostrando nada; nos muestra fenómenos fascinantes, pero a su vez, nos otorga el papel de sujetos crédulos y sin capacidad crítica. En otras palabras, nos está sirviendo una ciencia enlatada, pulida y sin espinas. Y nosotros la estamos tomando de un modo absolutamente dogmático, lo que contraviene los preceptos del verdadero espíritu científico. Un bien de mercado Tanto la ciencia como la tecnología son susceptibles de convertirse en un bien de mercado; la diferencia entre ambas es que, al hacerlo, una corre el riesgo de contradecir su esencia y la otra no. Así, si bien la física cuántica sólo puede divulgarse en un formato adulterado, no se requieren conocimientos sobre ondas hertzianas para encender una radio. En algunos casos pues, convertir la ciencia en un bien de consumo puede suponer una contradicción fundamental: lo que se consiguió mediante el espíritu científico, se transmite a la sociedad como si fuera un dogma de fe. Al margen de la calidad del producto, un exceso de ligereza en la divulgación podría provocar una atrofia en los valores del espíritu científico entre el gran público. Insistamos una vez más, esto no significa que debamos renunciar a la divulgación de teorías como la cuántica o la relatividad. De ninguna manera. Sólo quiere decir que tanto los escritores como los guionistas y, sobretodo, el gran público, han de ser concientes de la diferencia entre comprender algo o simplemente creerlo. Porque no todos los productos que salen al mercado tienen el debido rigor científico; al contrario, algunos hacen interpretaciones erróneas e incluso pseudocientíficas, en su ansia por maravillar al público. La sociedad de consumo convierte la ciencia en un bien que, como cualquier otro, se produce, se distribuye y se vende. Este proceso puede elevar los conocimientos más avanzados al nivel de dogma, casi de experiencia religiosa –una praxis que puede resulta fatal, en caso de una mala interpretación o una exageración de las tesis científicas–. Por supuesto que el mercado puede disfrazarse de Prometeo, y llevar el fuego a los hombres, pero debemos ir con cuidado para que en un momento de ceguera no termine quemando a alguien. La ciencia, una cuestión de fe Supongamos un último ejemplo. En este caso, un hipotético documental nos muestra a un talentoso científico que afirma lo siguiente: “según dictámenes de la física cuántica, mientras nuestro frigorífico está cerrado, las manzanas de su interior pueden tomar la forma de cualquier fruta; sólo cuando abrimos la puerta, toman forma de manzana”. ¿Parece una locura, no? Y sin embargo, ¿por qué no íbamos a creerle, si antes ya hemos creído afirmaciones tan extrañas como ésta? Lo cierto es que la gran mayoría de personas no tenemos un criterio válido para cuestionar al científico. Por eso resulta esencial que conozcamos las herramientas de que disponemos para evitar fraudes de este tipo. En primer lugar, tenemos la obligación de preservar nuestro espíritu crítico y vivir con el escepticismo. Y en segundo lugar, podemos exigir a la comunidad científica que someta los productos de divulgación a un control de calidad intelectual. Si existen organismos que garantizan las buenas prácticas en publicidad, ¿por qué no debe haberlos que nos aseguren una divulgación científica rigurosa y responsable? En su obra La ética protestante y el espíritu de capitalismo, Max Weber ponía una religión en los cimientos del sistema capitalista. Hoy vemos que las leyes del mercado pueden llegar a convertir la misma ciencia en una cuestión de fe. Y si no fuera porque los sociólogos se llevarían las manos a la cabeza, eso nos llevaría a pensar que el capitalismo casi está devolviendo el favor a la religión. Por favor, no hagamos de nuestros científicos sacerdotes. Joan Morera Morales es sociólogo.
Cuando la divulgación científica abandona el mundo académico para ofrecerse el gran público, se convierte en un bien de consumo. En campos abstractos como la física cuántica o la relatividad, entender la ciencia como un producto entraña un riesgo fundamental: el consumidor puede creer fenómenos que no comprende en absoluto, en un mero acto de fe. Esta situación no sólo vulnera la esencia del espíritu científico, sino que abre la puerta a productos de escaso rigor científico. Es el riesgo de convertir a nuestros científicos en sacerdotes. Por Joan Morera Morales.
Los misterios de la naturaleza han despertado la curiosidad de los seres humanos a lo largo de los siglos. En su lucha por esclarecerlos, el hombre ha visto tambalearse una y otra vez los cimientos de su percepción del mundo. Y ese descubrimiento constante, esa eterna negación de los axiomas que parecían inmutables, probablemente sea lo más invariable de su experiencia sobre la Tierra. No ha de sorprender a nadie, pues, que la comunidad científica esté interesada en difundir los conocimientos que ha adquirido con el paso del tiempo. ¿Por qué iba a privarnos de semejantes fastuosidades intelectuales? ¿Acaso la divulgación no es el mejor camino para democratizar el conocimiento? Al fin y al cabo, la filantropía en la ciencia ya fue representada en la mitología griega mediante el mito de Prometeo. Aún así, la divulgación científica no ha de verse sólo desde un punto de vista epistemológico, también puede ser interpretada en clave económica; en este sentido, libros, películas y documentales, no son un producto como cualquier otro dentro de la sociedad de consumo. Es evidente que existe una demanda ávida de emocionarse con los hallazgos científicos. Los creativos culturales lo saben, y reaccionan tal como dicta la lógica del mercado: generando productos de divulgación para todos los públicos. El negocio está servido. Pero la conversión de algunos bienes sociales en bienes de consumo siempre comporta tanto beneficios como riesgos: la divulgación científica no es ninguna excepción. Cómo se verá en las próximas líneas, ofrecer la ciencia como producto puede convertirla en un acto de fe para el gran público. Y cuando eso suceda, el mercado habrá contravenido precisamente el espíritu científico que durante tantos siglos ha permitido avanzar al ser humano. Capacidad educativa No hay duda que en la mayoría de ocasiones la divulgación científica tiene una gran capacidad educativa. Supongamos, por ejemplo, un documental que explique el fenómeno de formación del arco iris. Es posible que los espectadores no sepamos lo que es un índice de refracción, o cómo se formula la función de onda de la luz. A pesar de ello, cuando observemos una simulación con haces lumínicos impactando sobre vapor de agua, enseguida comprenderemos los principios básicos que provocan el arco iris. Nuestro aprendizaje es debido a que no sólo hemos visto manifestarse el fenómeno, sino también las causas que lo provocan. Pero no todas las maravillas de la naturaleza fueron estudiadas a partir de su observación directa, cómo es el caso del arco iris. Hay teorías mucho menos empíricas, que en su día fueron desarrolladas bajo la luz de las matemáticas: es el caso de la física cuántica o la teoría de la relatividad. Unos campos de investigación que, precisamente por desarrollarse en el plano de lo abstracto, nos han permitido contradecir “evidencias” que nuestros ojos ven a diario. Y por ese mismo motivo, por ser teorías abstractas, ponen muchos más escollos al trabajo del divulgador. Imaginemos ahora un documental que nos acerque a los fundamentos de la física cuántica. Probablemente nos dirá que las partículas fundamentales están simultáneamente en múltiples posiciones, de modo que ocupan una de ellas sólo cuando un observador trate de ubicarla. Incluso puede que ilustre el fenómeno mediante una animación de cuanto sucede a nivel subatómico, con múltiples partículas apareciendo y desapareciendo constantemente de la imagen... Pues bien, esta reproducción nos ayudará a imaginar vagamente el fenómeno, a hacernos una idea de lo que sucede, pero de ningún modo podemos pretender que nos está dando a comprender las causas. Eso sólo es posible mediante las matemáticas. Lo mismo sucedería con un tercer documental, que nos quisiera explicar la teoría de la relatividad. En este se afirmaría que, a velocidades próximas a la de la luz, el espacio se dilata y el tiempo se contrae. ¿Inverosímil, no? Seguro que todos gozaríamos mucho con las explicaciones. Sin embargo, ¿comprenderíamos algo por el hecho de ver objetos que se hacen pequeños? ¿Entenderíamos la relatividad si nos mostraran relojes que avanzan a distintas velocidades? No, claro que no. El ejemplo del Arco Iris La comprensión total de un fenómeno pasa indefectiblemente por identificar aquellas causas que lo producen. En el ejemplo del arco iris, observar la trayectoria de los haces de luz permitía comprender por qué se separan los colores; en el ejemplo cuántico, ver partículas que aparecen y desaparecen no explica de ningún modo por qué tienen una posición indeterminada. En el primer caso, la visualización del fenómeno nos permite explicar sus causas; en el segundo, no. A pesar de ello, productores y creativos insisten en pedir a los científicos que expliquen las teorías más complejas del modo más llano posible. Ahí es nada! Poco importa que los destinatarios no tengamos los conocimientos necesarios para comprender dichas teorías; da igual si no sabemos lo que es una función de onda, si jamás nos hablaron de cuadrivectores o si nunca hicimos operaciones con brakets... Lo paradójico del caso es que nuestra falta de preparación no impide que nos impresionemos enormemente ante los documentales que tratan de física cuántica. Y ahí es donde surge la siguiente pregunta: ¿cómo pueden fascinarnos tanto unas teorías que no comprendemos? La respuesta es que no nos fascina la teoría, sino únicamente sus conclusiones y hallazgos. Porque lo único que se puede exponer de un modo llano sobre física cuántica, son sus conclusiones –en los documentales no hay lugar para las ecuaciones que permitieron llegar a ellas. Si un reputado físico nos dice que la masa de un cuerpo se incrementa al aumentar la velocidad de éste, nosotros le creemos. Y le creemos porque confiamos en él, porque hemos decidido otorgarle legitimidad. Se produce un acuerdo tácito, por el cual el sabio nos ahorra las complicadas demostraciones matemáticas, y nosotros le creemos en un acto de fe. Escalada matemática Algo parecido sucedería en el caso de un alpinista que hubiera escalado la cima del Everest. Una vez descendido, describiría detalladamente a sus conocidos cómo es el lugar, sus colores, su olor, la sensación de altitud, etc... Por supuesto que podría mentirles con cierta facilidad, e incluso, con el paso del tiempo, podría confundirse en los detalles. Aún así, los demás creerán en él, ellos también harán un acto de fe. Y lo harán porque, de hecho, tendrían que escalar el mismísimo Everest para cerciorar sus palabras. Es poco más o menos lo que haría falta para que nosotros comprendiéramos la física cuántica: tendríamos que escalar la montaña de matemáticas que en su día subieron Heisenberg o Schrödinger. Lo dicho hasta ahora no tiene porqué ir en detrimento de los beneficios que conlleva la divulgación científica; nunca debemos olvidar que ésta funciona como un mecanismo práctico y efectivo. ¿O acaso alguien espera que todos nos pongamos a estudiar matemáticas en nuestros ratos libres? No... Nuestra ignorancia en cada materia no es motivo para privarnos de la fascinación por la ciencia. Por supuesto que no. Que la ciencia se convierta en un producto no debe escandalizar a nadie. De hecho, y sin ir demasiado lejos, la tecnología se encuentra en el epicentro de la sociedad de consumo desde hace siglos –incluso la formación, con su mercado de carísimos masters y postgrados, dejó de ser una inversión para convertirse también en un producto. Sin embargo, aún aceptando las virtudes de la divulgación científica como un bien de consumo, debemos ser concientes de que cuando versa sobre las teorías más abstractas, en realidad no nos está demostrando nada; nos muestra fenómenos fascinantes, pero a su vez, nos otorga el papel de sujetos crédulos y sin capacidad crítica. En otras palabras, nos está sirviendo una ciencia enlatada, pulida y sin espinas. Y nosotros la estamos tomando de un modo absolutamente dogmático, lo que contraviene los preceptos del verdadero espíritu científico. Un bien de mercado Tanto la ciencia como la tecnología son susceptibles de convertirse en un bien de mercado; la diferencia entre ambas es que, al hacerlo, una corre el riesgo de contradecir su esencia y la otra no. Así, si bien la física cuántica sólo puede divulgarse en un formato adulterado, no se requieren conocimientos sobre ondas hertzianas para encender una radio. En algunos casos pues, convertir la ciencia en un bien de consumo puede suponer una contradicción fundamental: lo que se consiguió mediante el espíritu científico, se transmite a la sociedad como si fuera un dogma de fe. Al margen de la calidad del producto, un exceso de ligereza en la divulgación podría provocar una atrofia en los valores del espíritu científico entre el gran público. Insistamos una vez más, esto no significa que debamos renunciar a la divulgación de teorías como la cuántica o la relatividad. De ninguna manera. Sólo quiere decir que tanto los escritores como los guionistas y, sobretodo, el gran público, han de ser concientes de la diferencia entre comprender algo o simplemente creerlo. Porque no todos los productos que salen al mercado tienen el debido rigor científico; al contrario, algunos hacen interpretaciones erróneas e incluso pseudocientíficas, en su ansia por maravillar al público. La sociedad de consumo convierte la ciencia en un bien que, como cualquier otro, se produce, se distribuye y se vende. Este proceso puede elevar los conocimientos más avanzados al nivel de dogma, casi de experiencia religiosa –una praxis que puede resulta fatal, en caso de una mala interpretación o una exageración de las tesis científicas–. Por supuesto que el mercado puede disfrazarse de Prometeo, y llevar el fuego a los hombres, pero debemos ir con cuidado para que en un momento de ceguera no termine quemando a alguien. La ciencia, una cuestión de fe Supongamos un último ejemplo. En este caso, un hipotético documental nos muestra a un talentoso científico que afirma lo siguiente: “según dictámenes de la física cuántica, mientras nuestro frigorífico está cerrado, las manzanas de su interior pueden tomar la forma de cualquier fruta; sólo cuando abrimos la puerta, toman forma de manzana”. ¿Parece una locura, no? Y sin embargo, ¿por qué no íbamos a creerle, si antes ya hemos creído afirmaciones tan extrañas como ésta? Lo cierto es que la gran mayoría de personas no tenemos un criterio válido para cuestionar al científico. Por eso resulta esencial que conozcamos las herramientas de que disponemos para evitar fraudes de este tipo. En primer lugar, tenemos la obligación de preservar nuestro espíritu crítico y vivir con el escepticismo. Y en segundo lugar, podemos exigir a la comunidad científica que someta los productos de divulgación a un control de calidad intelectual. Si existen organismos que garantizan las buenas prácticas en publicidad, ¿por qué no debe haberlos que nos aseguren una divulgación científica rigurosa y responsable? En su obra La ética protestante y el espíritu de capitalismo, Max Weber ponía una religión en los cimientos del sistema capitalista. Hoy vemos que las leyes del mercado pueden llegar a convertir la misma ciencia en una cuestión de fe. Y si no fuera porque los sociólogos se llevarían las manos a la cabeza, eso nos llevaría a pensar que el capitalismo casi está devolviendo el favor a la religión. Por favor, no hagamos de nuestros científicos sacerdotes. Joan Morera Morales es sociólogo.
God Debris es el titulo de un libro que hace Scott Adams( si, el mismo creador de la famosa caricatura Dilbert), es un experimento mental, acerca de Dios y la idea que tenemos de el. nos lleva por un viaje fascinante hacia las preguntas que todo ser humano debe hacerse. Y plantea una interesante teoria que basicamente se reduce a que nostros somos los restos del Dios que en algun momento existio. Este es el link para descargar el pdf.


